Cuentos Celestes   Home Contactenos

Las historias del abuelo

 

Las historias del abuelo”, son cuentos para niños algo más grandes, y por qué no para los mayores. Muchos cuentos, en una misma historia, que no finaliza…

Ismael sabía grandes historias. Tan grandes, que iban mas allá de nuestro planeta. Ismael no era de esos viejos que viven encerrados en un cuarto lleno de libros, sino por el contrario, era un hombre simple, humilde y con un corazón tan grande como sus historias.

Ese verano, sus nietos irían a visitarlo. No iban a buscar lujos, pues tenía Ismael una simple cabaña, sus animales y su huerto, pero todo allí olía a frescura, a vida… a hermandad.
Matías, Juan, Pedro y Nebai buscaban en su abuelo... un maestro. Ismael sabía qué había mas allá de lo que ven nuestros ojos, y es más, parecía vivir con un pie en esa otra realidad y con un pie en ésta.
Los niños llegaron y allí se encontraron con el anciano. Su barba y sus cabellos eran largos y blancos, una suave sonrisa y unos ojos claros llenos de bondad. Ese era Ismael.

Era la tarde, los niños ocuparon su cuarto y luego salieron todos juntos a juntar leña para cocinar y para alumbrar la cabaña.
Comieron algo, y luego se sentaron todos, alrededor del fuego del hogar. En silencio, todos disfrutaban la belleza y la calidez del fuego encendido.
-“Bellos y sutiles como este fuego, hay infinidad de seres rodeándonos, esperando relacionarse con nosotros, sin tener suerte de ser percibidos. ¿Creen ustedes en la existencia de hadas o unicornios? dijo Ismael.
Los cuatro niños asintieron tímidamente con sus cabezas y Matías, el más grande de ellos dijo: -“Viviendo en la ciudad como nosotros, es raro pensar en seres de la Naturaleza, cuando nuestros ojos no ven más que objetos para comprar. Pero ante esa sensación de exceso de objetos sin vida, se despierta en nosotros como un duende inquieto, una pregunta… una sospecha de que hay algo mas allá de lo que vemos, algo latiendo vivo y siempre cantando, como una estrella fugaz creemos verlo pero desaparece y el escenario vuelve a ser el mismo.”
El anciano hizo silencio. Acariciaba su barba, mientras miraba el fuego y de pronto dijo: “Conozco historias muy antiguas, tan antiguas como el hombre sobre la Tierra. Ellas están llenas de sabiduría y arrojan Luz sobre los grandes misterios. Si les interesa puedo contarles algunas de ellas, cada noche cuando el fuego del hogar ilumine nuestros cuerpos y nuestras almas. ¿Qué les parece, quieren escuchar alguna?”
Pedro, el más apasionado, dijo: -“!Todas abuelo, todas!”
Todos rieron a carcajadas y cuando se hizo silencio, Ismael dijo: -“Bien, bien. Han aparecido los herederos de mi gran tesoro.”
El anciano se levantó y quitó una madera de la pared, hecha de maderas, que era una puertecita oculta. De allí sacó un gran libro antiquísimo y en la tapa se leía: “NADIE PUEDE MATAR AL AMOR”
Los niños eran todo ojos y semejaban estatuas mudas.
-“Este es el tesoro de este humilde anciano. Grandes historias sobre la infinita grandeza de la Vida, del universo. Hoy los invito a compartirlo conmigo. Espero que sus oídos escuchen y sus corazones sientan.
Te pido permiso sagrado libro, para poder extraer de ti, todo lo que tienes para darnos.” dijo Ismael. Besó el libro, lo apoyó un instante sobre su corazón e invitó a los cuatro niños a que repitieran los mismos pasos.
-“Ahora sí, Él se abre a nosotros y nos entrega su primer historia:


“La historia del unicornio”

Era el año 2350 a.c., era otoño en la península ibérica, tierras altas con vista al mar, y Senio vivía cada atardecer con tanto amor como si fuera él mismo, parte de esa obra genial de los cielos.
Se sentaba en su sillón labrado toscamente en un tronco, y desde allí se entregaba al sublime momento.
Cierto día, mientras le cantaba al atardecer, escuchó ruidos de hojas secas detrás del cerco de tupidas glicinas que separaban la casa del huerto. Cesó de cantar y a lo lejos vio la parte trasera de un caballo.
Se acercó y reconoció a uno de sus caballos por su color blanco.
-“Gualdo, ven aquí, vamos con tus amigos.” dijo Senio.
El caballo ni se inmutó y siguió caminando hacia el huerto de los olivos, siempre dando la espalda.
“Tendré que ir a buscar a este rebelde antes que nos deje sin olivas”, pensó Senio y comenzó a seguirlo. Lo llamaba, lo llamaba y no obtenía respuesta, pero sí se sentía extraño. Una sensación de estar liviano le llegaba hasta los pies. Llamó por última vez, y el animal… se dio vuelta.
Senio quedó paralizado. El animal no era Gualdo, su caballo… no era un animal. Un gran cuerno brillante y torsionado salía de su frente. Era el Unicornio.
Acercándose lo miró con ternura y le habló con voz suave y musical:
-“Soy Silmaril, soy un unicornio y existo. Soy tan real como el atardecer que tanto amas y estoy hecho de su sustancia. Soy real para ti, porque siempre has creído en nuestra existencia, mas no soy real para el que descree de nosotros. ¿Me tienes miedo?”
-“No, claro que no.” dijo Senio un tanto confundido. “Solo que no esperaba tal regalo. Eres tal cual hablaban las leyendas.”
-“Las leyendas de unicornios las escribieron hombres y mujeres de gran corazón y fina sensibilidad como tú. Ellos nos vieron, tú nos ves.
Lamentablemente son muy pocos los que nos ven, aunque nosotros siempre estamos rondando cerca de sus moradas.
El unicornio vive en la pureza y solo aquellos que la llevan en su corazón, son los que nos pueden encontrar. Es muy frecuente que los niños en su primera infancia, debido a su limpia conciencia nos vean y se acerquen a nosotros. Mas al entrar a la adolescencia, comienzan a distraerse con el mundo de los hombres, y se olvidan del unicornio para toda la vida.
Muy pocos se mantienen por siempre en la conciencia blanca, como los unicornios le llamamos a ese estado de pureza con que los seres humanos comienzan la vida.”
-“¿Por qué seres tan sutiles como ustedes permanecen en la Tierra, a pesar de que la maldad del hombre se ría de ustedes?” preguntó Senio.
-“Podemos permanecer un tiempo pero no mucho. Vivimos en otro planeta donde la humanidad ha avanzado muchísimo en su manera de relacionarse con sus semejantes. Allí hombres y unicornios somos hermanos. Venimos a la Tierra a ayudar a esta humanidad a que siga los pasos de la nuestra.
Así como nosotros y otros seres representamos a la Luz y a la bondad, también están los dragones y otros trabajando para la oscuridad, tratando de destruir toda obra de bien, y retrasando al ser humano en el desarrollo del amor a sus hermanos y a todos los reinos de la Naturaleza.”
-“Yo pensaba que la presencia de los dragones era una fantasía ¿son peligrosos?” dijo Senio un tanto asombrado y a la vez preocupado.
-“Esos grandes dragones de los que hablan las historias, se extinguieron casi a la par de los dinosaurios. Pero han quedado muchos en la Tierra, trabajando sin ser vistos. Así como casi nadie nos puede ver a nosotros, igual es con ellos.
Los únicos que ven dragones, son aquellos que guardan tanta perversidad en su corazón y en sus obras que se ponen a tono con las horribles bestias.
Con respecto a si son peligrosos… sí lo son. Pero hay una barrera natural contra ellos y es el buen pensamiento.
El que obra el bien y en su corazón vive el amor, está protegido por una especie de campana de luz, que no es más que el Amor mismo. Y donde vive el amor, el dragón no puede ni acercarse.
Los malos pensamientos, la confusión y el desorden del hombre son la puerta abierta para la obra destructora de los dragones.
¿Vas viendo como cada ser va eligiendo su destino según sus actos?. De cualquier manera, también para eso estamos los unicornios, somos protectores de la humanidad de este planeta frente al ataque de los dragones.
Muy a menudo, libramos grandes batallas, invisibles para ustedes, contra los dragones para expulsarlos de la Tierra. Cada vez estamos más cerca de la victoria final.
Sé que no me imaginas luchando contra un dragón, ya que soy más pequeño que un caballo. Yo represento a los unicornios mensajeros, y también están los unicornios de la justicia, mucho más grandes que yo y muy bravos. Son de buen corazón pero la justicia es su tarea y deben ser fuertes para eso”, explicaba Silmaril.
-“Siento que es demasiado para mí por hoy” dijo Senio como agotado.
-“Has aprendido mucho y es necesario que lo digieras. Medita por unos días en todo lo que aprendiste, mantén tu pensamiento firme en el unicornio y yo mismo te vendré a buscar en unos días. Adiós”, dijo el unicornio, se echó a correr y rápidamente desapareció entre los olivos del bosque.
Senio vivió los días más felices de su vida recordando la presencia del unicornio. Se sentía como en el cielo, sin dejar a la vez, de realizar sus labores, recolectando olivas pues era otoño y era la época.
-“Tener pensamientos luminosos atrae presencias luminosas” dijo Silmaril asustando a Senio mientras podaba los rosales.
-“!Qué alegría verte! Ya pensaba que no volverías o que había sido todo un sueño”, dijo Senio.
-“Claro que no fue un sueño. Sino que volví a la hora justa.”
-“¿La hora justa para qué?”, preguntó Senio.
-“Hoy se revela para ti el misterio del unicornio. Debido a la pureza de tu corazón, no solo puedes vernos, sino que puedes hermanarte con nosotros. Para eso es necesario que conozcas nuestra morada. ¿Estás listo para conocerla?”, dijo el unicornio.
-“Siempre. Pero… ¿por dónde vamos?”
-“Vamos al bosque de olivos y allí verás” dijo Silmaril.
Una vez en el bosque, el unicornio se detuvo y en su cuerno comenzaron a moverse como unas chispitas de luz de muchos colores. Pronto, delante de ellos se formó un portal ovalado del alto de un hombre y un poco más ancho que el ancho de un hombre. Rápidamente se deslizaron dentro del portal multicolor y en unos momentos se encontraban en lo alto de una loma no muy alta, tapizada de verde.
-“No pierdas detalle” dijo Silmaril sonriendo.
Senio era todo ojos. Todo era belleza en ese lugar. Una belleza similar a la de nuestra hermosa Tierra, pero más luminosa. El solo respirar en aquella morada daba sensación de paz y alegría.
Bellos niños vestidos de blanco y descalzos correteaban por la hierba jugando con las crías de unicornios y ciervos, tan dóciles e inteligentes que se confundían con los niños mismos.
Las mujeres vestidas de rosa tejían y preparaban los alimentos.
Todas ellas cantaban de una manera tan bella que parecían ser ellas, quienes creaban el ambiente de frescura y amor que allí se respiraba.
Los hombres vestidos de azul trabajaban la tierra, obteniendo unos frutos inigualables en tamaño y belleza a los de la Tierra. Su paz y frescura se confundían con la tierra y el agua con que regaban.
Los unicornios cuidaban todo, especialmente el reino vegetal. Se encargaban de la reproducción y el mantenimiento de todas las especies existentes. También ellos cantaban con sus voces de lira acompañando la melodía que producían los árboles musicales, como ellos les llamaban.
La forma de sus hojas al contacto con la brisa generaba una música bellísima. Cada árbol producía una distinta y cada uno llevaba en sus hojas un color en especial. Nada podía ser más bello y perfecto en aquel valle de simpleza.
Silmaril vio el asombro de Senio y le preguntó: -¿Qué te parece?”
Senio tardó en contestar. Luego dijo: -“Es increíble. Lo que en la Tierra parece separado, aquí es todo una misma canción. Hombres, mujeres, niños, unicornios, árboles… todos parecen unidos en algo que se escapa a mis ojos pero que me parece sentirlo.”
El unicornio lo miró fijo y le dijo: -“El Amor Senio, el Amor.”
Una completa sensación de paz invadió a Senio y dos gruesas lágrimas de emoción rodaron por sus mejillas
-“Vamos” dijo Silmaril. “Hay mucho por hacer.”
En unos instantes, estaban nuevamente en la casa de Senio. A pesar de lo bello que era el jardín de Senio, le parecía sombrío y gris comparado con lo que recién había visto.
Se quedaron en silencio mirándose frente a frente como una despedida. Senio acarició al unicornio y dijo: -“Ya sé que debo hacer. ¿Me ayudarás?”
-“Claro que sí. Por eso te he llevado a mi morada. Llámame con tu pensamiento y allí estaré. Hasta siempre.” Dijo Silmaril.
Senio desbordaba de energía. Tomó su caballo, su carreta y luego de unas horas se encontraba en la gran ciudad. Allí muchos niños y niñas sufrían sin sus familias… el dolor de la vida. Ellos serían los hijos de Senio.
Al atardecer de aquel glorioso día, la carreta de Senio volvía a su destino con veinte hermosos niños de todas las edades, revoloteando como pichones en ella. La emoción de Senio era grande y su tarea también.

Dos años más tarde, Senio descansaba en lo alto de una loma cercana a su hogar. Para un lado veía todo el ancho mar, para el otro, veía su obra…
Los niños trabajando, las niñas cantando y el Amor en todas partes.
El Amor unía este pequeño paisaje con el mundo del unicornio, solo que aquí, en esta humilde Tierra… los árboles no cantan.
Pero siguen cantando por siempre en esta historia escrita por Senio llamada: “LA HISTORIA DEL UNICORNIO.”

Se hizo un largo silencio que ninguno de los cinco se animaba a romper.
Hasta que por fin Pedro dijo: - “Es sorprendente abuelo, jamás pensé que alguien podía conservar estas verdades. ¿Cómo has hecho?”
- “Los que amamos tanto a la verdad, con ella nos encontramos. No hay que violentar a la verdad queriendo arrancarla de las cosas, sino llamarla con toda el alma como la Tierra a las lluvias.
Pero los buenos buscadores también descansan, para vivir un nuevo día de grandes descubrimientos. Por hoy todos a dormir.”

El día siguiente fue de mucho trabajo, los niños se transformaron en pastores, carpinteros, recolectores, en aquel risueño escenario donde todo expresaba lo mismo… salud.
Llegó el atardecer y todos se encontraron nuevamente alrededor del hogar. Los rostros de los niños estaban encendidos después de un día de Sol en las sierras, y también ardía en ellos la curiosidad por saber qué les esperaba esa noche.

-“¿Cómo la han pasado pequeños?”, dijo el abuelo
-“Muy bien”, dijeron todos.
-“Aquí todo parece simple y perfecto, casi como un ideal. Hoy llegué a pensar que si todos los hombres siguieran este camino, desaparecería el odio, la maldad y los demás aspectos oscuros del ser humano ¿no es así abuelo?”, dijo el mayor.
-“En parte sí hijo, pero no todos nos sentimos atraídos por lo mismo, y esa atracción es la que guía nuestros pasos. Un niño se sentirá atraído a los juguetes y a los colores, un adolescente querrá compartir aventuras con sus amigos, y un anciano buscará la tranquilidad. Lo mismo nuestra alma. Ella también tiene una edad y eso marcará sus atracciones cuando tome un cuerpo.
Pero este conocimiento, mejor que yo, nos lo puede contar el Gran Libro que siempre está dispuesto a ser agua fresca para los que tienen sed.
Les contaré una hermosa historia que empieza así:


“La edad Real”

Para el buscador sincero, amante de la Verdad es esta historia. Para él se descorren los velos, y sin límites de tiempo y distancia se puede ver…
En un planeta muy lejano al nuestro y con muchos más años que el planeta Tierra, vivía un niño llamado Adriel.
La humanidad que habitaba este globo llamado Vegha había aprendido, a través de milenios, a sentir el Amor como el camino verdadero, y muy poca oscuridad residía en el planeta.
Como un anciano que luego de vivir muchos años, aprende de sus tropiezos y reconoce la senda correcta.
Adriel asistía esa mañana a su escuela-taller, donde aprendía y practicaba el oficio de apicultor que él había elegido por afinidad. Porque en las escuelas del planeta Vegha no se les enseña a los niños nada que ellos no pidan saber.
De pequeño, cada niño crece al calor de su familia, y se lo deja aprender en la libertad de sus juegos.
Llegada la edad en que ya se empiezan a interesar por los trabajos de los mayores (esto es entre los nueve y los once años), empiezan a asistir a los talleres-escuela, en donde se los familiariza con los diferentes oficios. Esto puede ser trabajos manuales, con la tierra, con animales, o bien, trabajos artísticos.
Allí, cada niño va sintiendo de a poco, con que encuentra más afinidad, y al tiempo se dedica enteramente a aprender del oficio que haya elegido.
Los maestros de los talleres son hombres de edad madura, amantes de los oficios que cada uno enseña.
Pero la escuela no termina ahí…
Los niños tienen abiertas las puertas a las aulas en donde los Grandes Maestros, ancianos llenos de sabiduría, los esperan para llenar sus vasos y saciar su sed.
Pero los ancianos esperan que los niños tengan sed.
Cada encuentro en esas aulas es para que los niños interroguen lo que su curiosidad les pida saber. Entonces los Grandes Maestros los guían, dándoles las respuestas que sólo ellos saben dar, y dándoles los medios para que mediante lecturas o experiencias aprendan ellos mismos.
Cuan dichosos son los ancianos al ver llenas sus aulas de niños, que por pura elección los buscan para saber. O más bien para recordar, porque todos los niños, ante las respuestas de los ancianos, se llenan de satisfacción al sentir que más que aprendiendo están recordando algo que sabían desde siempre.
Situados ya en la escuela a la que asiste Adriel, acompañémoslo esta mañana, en la que luego de su trabajo con las dulces colmenas, se dirigía a las aulas de los ancianos, llamadas:
“La Verdad reside en todas las cosas”.
Por supuesto, los interrogantes de cada niño eran compartidos entre todos. Así que las respuestas de ese día eran para todos los presentes que de seguro, sabían los ancianos, se encontraban reunidos por afinidad.
Llegó el turno de Adriel, que bastante inquieto esperaba, ya que su pregunta lo tenía confundido, y esa confusión lo llevaba a estar un tanto desganado.
El niño habló así: -Maestro Kerlés, una de las grandes verdades que hemos aprendido por ustedes, que están en los Grandes Libros y que todos saben, dice que:”Todos somos iguales”.
Y yo me veo confundido pues pienso que algunos hombres son capaces de hacer daño a otros, y hay otros que aman tanto que casi no se puede creer.
No comprendo cómo, maestro Kerlés, podemos ser todos iguales, si tantos matices y diferencias encuentro entre los hombres.
El niño hizo silencio.
El anciano Kerlés amaba esas preguntas de alto vuelo, y sonriente le agradeció al niño, que lo llevaba sin saber, a dar ese día una clase grande y luminosa.
-Para darte una verdadera respuesta, Adriel, dijo el anciano, tendré que remontarme a explicar todo desde el principio…
Ustedes saben, mis amados niños, que todos somos en esencia, chispas Divinas. Detrás de nuestros trajes de encarnados reside ese pedacito de Dios, que alguna vez salió de Él mismo y a Él busca volver.
Ese es nuestro espíritu, que para volver a Dios necesita aprender a ser perfecto; y así se viste a menudo sus trajes de encarnado.
Por eso nacemos y volvemos a nacer tantas veces, en el eterno camino que caminamos.
Pues si nuestro espíritu aún no ha aprendido algo, vuelve al escenario de la vida física para continuar con la Divina Escuela.
Todos, absolutamente, hemos salido alguna vez de ese gran Padre. Pero no todos lo hemos hecho en el mismo momento, ni todos estamos en la misma parte del camino que debemos recorrer. Y esa es nuestra edad espiritual.
Así, pueden encarnar en un mismo planeta, seres que en edad espiritual son como niños y otros que quizás sean adultos o ancianos. Y por supuesto el que es niño en espíritu no va a obrar como el que siendo anciano espiritual, ya ha aprendido, y camina por la senda.
¿Comprendes Adriel?. Todos somos iguales, en esencia, pues todos somos chispas de ese fuego sagrado e infinito que es Dios. Pero no todos estamos en la misma parte del camino, y entonces lo que expresamos estando encarnados no es lo mismo.
Para el niño, la claridad que el anciano le había dado era la Luz que alumbraba su mente, que de un momento a otro se había iluminado. El vuelo había sido tan alto, y tanto se veía desde allí arriba, que había mucho para descubrir…
-Gracias maestro Kerlés, dijo el niño al fin, por toda la Luz que me ha dado, allí donde había sombras que querían oscurecer la Verdad.
-Gracias a Dios, dijo el anciano, pues toda Luz es de Él. Y pienso ahora que esa verdad que ha dado lugar a tu pregunta, quizás pueda ser modificada. “Todos somos iguales”, quizás debería ser “Todos somos iguales, pero en diferentes partes del camino”, o “Todos somos iguales, pero con distinta edad espiritual”, ¿qué te parece Adriel?. Y el anciano esperaba cual sería la respuesta del curioso niño, que estaba en esos momentos tan pleno de Luz y de Amor.
-No maestro, dijo Adriel. Perdóneme que le diga, pero si eso hiciéramos, los niños no se preguntarían como lo he hecho yo, y ya no habría clases tan bonitas como la de hoy.
-Es cierto, niño. Así será, y entonces, que las mentes pregunten y los corazones respondan.

Los días transcurrían en absoluta paz. Los niños cada vez se soltaban más en sus tareas, haciéndose ellos parte del manso paisaje.
Las grandes historias narradas por su abuelo, los tenían absorbidos a los cuatro. Durante todo el día, vivían y revivían imágenes de ese gran tesoro que guardaba su abuelo al que llamaban el gran libro.
Los conocimientos vivos de estas historias, pues son eternos, despertaban en ellos cualidades y pensamientos profundos que yacían dormidos por la falta de cultivo.
A pesar de ser la más pequeña, Nebai parecía estar ausente de tan ensimismada que estaba en sus propios pensamientos. No obstante se la veía plena y alegre recolectando flores y hortalizas.
Su abuelo la observaba pero no se preocupaba porque sabía que esas flores que ella juntaba estaban abriéndose en su corazón.
Él era silencioso y suave como el atardecer…esperaría las preguntas de Nebai para acompañar su despertar.
Hasta que llegó el día.
Una noche, fuego encendido, todos sentados alrededor del hogar, Nebai rompió el silencio y dijo:
-“Abuelito, tengo un par de preguntas que hacerte, pues estoy a punto de descubrir algo que se me escapa todo el tiempo como un pez entre las manos”.
El abuelo sonreía. –“Es que quizás no tengas que atraparlo, pequeña”.
-“No es una broma abuelo, es algo muy grande.”
-“¿Tanto como yo?”
-“Oh no abuelo, mucho más. Es sobre Dios.”
-“Ya veo pequeña. Tanto Amor has recibido de las flores que te van acercando al cielo. Dime cuál es tu pregunta y si yo puedo te la contestaré. Aunque las mejores respuestas siempre las tiene el gran libro.”
-“Sí, en eso he pensado. Desde que nací he escuchado hablar de Dios como alguien grande, muy grande, que vive muy lejos, a donde nadie llega. También sé que es muy bueno pero que también se enoja.
Todo esto había escuchado hasta hoy. En el fondo, me daba un poco de miedo. Pero desde que llegamos aquí, con la ayuda de las historias, empecé a pensar que quizás Dios no es como me lo enseñaron…”
El abuelo sentía el despertar de Nebai y esperaba que ella lo expresara.
-“¿Y qué te ha hecho verlo de otra manera? ¿Quieres contarme?”
-“Oh si, abuelo. Cada día, mientras realizo las tareas en este hermoso lugar, siento que todo brilla. Luego veo las cosas brillar más hasta el punto que creo verlas sonreír. Y cuando llegó a verlas así, yo misma me siento llena de esa alegría, llena de amor, como el calor de una madre. En ese momento, me siento unida a todas las cosas que sonríen y siento que Dios está con nosotros. ¿Puede ser abuelito?”
El abuelo hizo silencio. Su corazón se desbordaba por sus ojos en forma de lágrimas, que corrían por sus mejillas y se perdían en su barba.
Cuando supero su emoción, abrazó fuertemente a su nieta y sin soltarla le dijo: -“Claro que sí, pequeña… claro que sí. Ninguna manera más pura podía haber para definir a Dios, que aquella que salga del tierno corazón de un niño.”
Los ojos de Nebai brillaban en una mezcla de alegría y timidez.
El abuelo tomó el gran libro y le dijo: -“Hace mucho, mucho tiempo, un tierno pastor, tan puro como tú, un día se preguntó ¿Cómo es Dios?. Y al igual que tú, a Él llegó.
Compartamos este bello poema que se llama:


El niño quiere saber

El niño sentado a orillas del mar,
descalzo pregunta a la inmensidad,
¿cómo es Dios?... Silencio total.

El mar lo ha escuchado, el cielo también,
el niño quiere saber…
Es el Amor quien le va a responder,
como solo sabe hacerlo Él.

El Sol aparece y llena las cosas
de Luz poderosa, de Vida y calor.
El niño lo siente, su Amor lo acaricia…
Pero su Luz blanca lo ciega
y el niño su cara no le puede ver.

“Así es Dios”, le dice el Sol,
“su Amor eterno no tiene adiós”…

El viento que agita los bucles del niño,
le canta al oído una fresca canción:
“Dios es como el aire, que sutil e invisible
está en todas las cosas que vibran a la vez”.

El mar que se agita, vital, poderoso
también le habla al niño que quiere saber.
“Como un mar gigante e ilimitado,
así es el Amor Puro del Padre Celestial,
lo forman las aguas que vuelven cansadas,
del viaje tan largo que han hecho,
para a Él regresar”.

El Cielo, al niño, también le responde,
palabras celestes brotan de su voz…
“Como el cielo es Dios,
que en el día ilumina todo
con su alegre Sol.
Y en la noche, tan oscura,
no se olvida de sus hijos
y las estrellas destellan
para alumbrar con su Luz”.

El niño tranquilo, se queda dormido
y sueña que el cielo, el viento,
el mar y el sol
residen dormidos en su corazón…

Una voz muy suave, que brota del alma,
le habla al oído palabras de Amor.
Es Dios.

“Hoy me has conocido, pequeño hijo Mío,
sintiendo las voces del cielo, del viento,
del mar y del Sol.
Pero yo te digo que en todo resido,
y si tú me escuchas,
en todas las cosas me conocerás…
Me encuentro tan cerca,
que ni lo imaginas,
pues vivo y espero en tu corazón.
Si escuchas adentro, me irás conociendo,
e irás comprendiendo que Soy como vos.

Como tú, hijo Mío, que eres tan pequeño,
pero cuando ames como sé amar Yo”.
Continuará…

Volver


 

 

La perfección de la oruga

La canción de la selva

Laestrella musical