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Cuentos / Gotas del alma

 

La Canción de la Selva

“El sentirnos superiores, nos aleja de nuestros hermanos”

Como todas las mañanas, el león se despertaba luego de un largo sueño, se desperezaba largamente y luego salía de su cueva para observar desde lo alto, el panorama de la selva y lanzar su gran rugido mañanero.

Todos los animales cantaban a su manera y celebraban el comienzo de un nuevo día.

Luego de su imponente rugido, el león volvía a la cueva (seguramente a seguir durmiendo, porque era lo que hacía gran parte del día) y mientras volvía a dormirse, soberbios pensamientos acudían a su mente, tales como este:
“dichosos animales de la selva que empiezan sus días con las fuerzas de mi rugido” o “¿Qué harían estos pobres sin un rey como yo”, mas nunca se había dado oportunidad de compartir estos pensamientos con otro animal, porque los consideraba poco dignos de merecer su compañía.

Cierto día, el león se despertó más tarde que de costumbre, pues siempre lo hacía a la salida del sol, y sin desperezarse tanto, salió a dar su poderoso rugido.
 Cuando terminó, un largo silencio fue la respuesta de la selva.
- “Qué les pasa a estos animales que hoy no festejan mi rugir, ni adoran mi persona?, tendré que bajar a la selva para hacerles recordar quien soy.”

Cierta inquietud lo invadía, pero como buen león vanidoso, quería hacerse valer, y fue por toda la selva a buscar razones para tal extraño acontecimiento.

Claro, el león nunca bajaba de su piedra, ya que siempre dormía o disfrutaba comiendo alguna cebra o gacela cazada por las leonas para él, entonces no tenía mucho conocimiento de los ritmos de la selva.

Una manada de gacelas estaba pastando cerca del lago. El león las vio y pensó: “iré a preguntarles porqué no han contestado a mi rugido”. Por supuesto, bastó que sintieran levemente el olor a león, para que inmediatamente salieran corriendo aterrorizadas.
“Extraña forma de rendirme culto, el de las gacelas. Hablaré con otro.”

 Y siguió su paseo, hasta una parte bien cerrada de la selva, donde enormes árboles con lianas colgantes servían de vivienda a toda una familia de monos.
 Tal era el ruido, que el león pasó largo rato hasta que se decidió a interrogarlos, pero cuando lo hizo… ya tenía un pequeño mono subido a su lomo, tirando de su melena y diciendo: “vamos caballo”, a la vez, otro le hacia cosquillas en la panza, otros le tiraban cáscaras de banana desde lo alto de los árboles, y todos gritaban y no paraban de saltar de árbol en árbol.

-“ ¡ Basta !” gritó el león, y salió despavorido hacia un claro del bosque.
 “Familia de locos, los monos, ¿quién puede hablar con ellos?”

 “Mejor hablaré con las hienas, ellas me rendirán cuentas.”
Las encontró, se acercó y les dijo grave: “¿Por qué no han adorado mi rugido hoy?”

Las hienas se miraron y dijeron: “es que, es que… ja, ja, ja”, un ataque de risa hizo que no pudieran dar respuesta.
El león enfurecido, rugió y luego gritó:               “ ¡ Hablen !”.
-“es que, es que… ja, ja, ja”, un nuevo ataque de risa las hizo revolcarse por el piso.
-“Inútiles” dijo el león, totalmente ofendido y siguió su camino.

Detrás de un tronco seco, encontró a la tortuga comiendo hierba fresca y le dijo: “Tortuga, quién es el mas sabio y serio del bosque para contestar a mis preguntas?”
La tortuga, después de un rato de pensar (pues todo era lento para ella) le dijo: “Debes hablar con el elefante”.

Y a todo galope, el león se dirigió a la morada del elefante; todo era inmenso y lleno de vistosos colores.  Allí se hallaba recostado a la orilla de un riacho, el anciano elefante, sabio de sabios, entre los animales de la selva.

Antes que el león se acercara mucho a él, este le dijo:- “Buen día, hermano león, qué te trae por aquí, a la morada de este humilde anciano?”
El león se sintió avergonzado, ¿cómo un elefante le diría hermano al rey de la selva?. Un rey no tiene hermanos. Sólo es rey.
Rápidamente, el anciano leyó en el pensamiento del león y habló así:
-“Te dije hermano, porque todos somos iguales debajo del sol, de ese padre amado, que nos da vida, calor y energía cada uno de nuestros días. Es por eso, que cada día, todos los animales de la selva, en el amanecer y en el atardecer, le entregamos nuestros cantos, cada uno a su manera, como alabanza de vida. Tú bien lo sabes, león, cuando le entregas sus rugidos”.

El león se sintió humillado, no era a él, a quien festejaban en la selva, sino a ese gran padre que vivía en los cielos, por eso esa mañana, el rugió y nadie le contestó. Porque “no era a el a quien adoraban, sino al sol”.
-“Conozco tu pena león, y ahora dime: ¿si no es para el sol que rugías, por qué lo hacías?”, interrogó el elefante.
-“No lo sé” dijo el león. “Desde que soy cachorro lo hice, pero nunca me había preguntado por qué.”

-“Todo tiene su porqué, león, y tus antepasados lo hacían, igual que todos los animales, en adoración al sol. Nunca es tarde león, súmate a la eterna sinfonía del sol, en la cual, cada animal aporta su nota. Cada uno distinto pero indispensable en el gran concierto de la selva. Ninguno es más que otro en la melodía constante qué nos canta el sol, y por eso te dije hermano.”

A partir de ese día, el león nunca faltó a la salida y a la puesta del sol, para aportar su importante nota, su rugido, a la diaria canción de GRACIAS, como los animales de la selva la llamaban.

Cuán dichoso fue el león cuando abandono su corona de rey egoísta, para ser uno, con sus hermanos debajo del sol, como el anciano le había enseñado.

Ahora cada día, después de su rugido matinal, baja a la selva para estudiar de cerca cada animal, cada nota, para comprender aquella gran canción de la selva y ser un día, él también, un sol para otros.

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La perfección de la oruga

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