La perfección de la oruga
“Esta historia nos enseña que la fe en lo que sentimos nos transforma y nos pone alas”
- En un bosque solitario y frondoso vivía una oruga. Una bella oruga, brillante en sus colores y regordeta como son todas las orugas.
En la tranquilidad y silencio de sus días, gustaba deleitarse con las sabrosas hojas que a cada paso el bosque les ofrecía. Imagínense la vida de nuestra oruga, con su lento paso, con su piel suave y brillante confundiéndose con las mismas hojas que eran su comida, su techo y su cama a la vez.
Nada más podía pedir a la Madre Naturaleza, que con amor de madre la cuidaba y hasta arrullaba sus sueños con esa música perfecta y relajante que crea el viento cuando agita las hojas.
Si la lluvia caía, siendo esta la única preocupación de la oruga, buscaba las hojas más grandes para quedarse quietecita debajo de ellas mientras agradecía a la lluvia su beso mojado que le prometía más tiernas y ricas hojas para comer. Porque las orugas son muy golosas y creo que debe ser por eso que son regordetas.
Así vivía nuestra amiga su suave y abundante vida sin preguntarse nada, sin distraerse, agradecida y feliz por despertarse todos los días y sentir los rayos del sol filtrarse entre las hojas y entre luces y sombras sentir Su Presencia, y saber que gracias a Él la vida seguía palpitando en todo, tan hermosa y llena...
Así pensaba nuestra amiga oruga, o mejor dicho, lo sentía a través de su corazón que estaba conectado con el corazón de la Madre Naturaleza.
Todo lo que ella era, hacía o sentía lo debía a esa unión y cuando su corazón le decía que haga tal o cual cosa, sin preguntarse, iba hacia eso.
Así pasaba sus días desde siempre, y así parecía que iban a pasar hasta que un día sintió que algo iba a cambiar.
Las deliciosas hojas que la rodeaban como un manjar en espera de ser comido, de pronto ya no tentaron su pancita y se sintió por primera vez un tanto pesada.
Se trataba de una rareza por demás para ella, pero continuó caminando con su paso lento hacia no sabía donde.
Podríamos pensar que en su caminata se preguntaba por que, o cuando dejaría de caminar sin comer, que era desde siempre su actividad principal. Pero nada de eso ocurría:
caminaría hasta que su corazón le dijera qué hacer con todo esto nuevo que le pasaba.
Así ocurrió, y en el momento preciso en que paró de caminar, supo que tenía que construir una casa-capullo para dormir un sueño que empezaba a pesarle en todo el cuerpo.
Sin saber como, ya que nunca antes lo había hecho, empezó a trabajar paciente y constante. Al terminar se sorprendió de su propia obra que era un bello capullo, que pendía de una rama, como hecho de cristal, tan suave y delicado como una gota de agua y de un color radiante y luminoso como sólo los hay en la naturaleza.
La oruga se acurruco allí y lo selló por dentro.
Apenas quedó encerrada, el sueño que había empezado a sentir antes se convirtió en una pesada carga imposible de llevar e instantáneamente se quedó dormida.
Recordó antes de cerrar sus ojos, sus días entre las hojas, deleitándose a toda hora, pero el recuerdo le pareció viejo y no creyó que fuera capaz de volver a vivir así.
La oruga durmió mucho, no midió el tiempo, pero sintió que fue mucho más de lo que duerme una oruga normalmente.
Cuando despertó, se encontró de nuevo en el capullo, pero algo le decía que las cosas ya no eran igual que antes…
Las paredes de su casa empezaron a crujir como a punto de romperse hasta que la base del capullo se desprendió como si se hubiese abierto una puerta.
Nuestra amiga comprendió que era el momento de salir.
Hizo un esfuerzo para arrastrarse afuera, pero descubrió que ya no había ni esfuerzo ni le era necesario arrastrarse porque ahora era tan liviana que dos bella y armónicas alas eran capaces de permitirle flotar y aletear en el aire.
Difícil imaginar la alegría como una explosión en el corazón de nuestra oruga que ahora era mariposa.
Volando fácilmente llegó hasta el río, hacia donde siendo oruga mucho tiempo le costaba llegar. Ahora había sido cuestión de un momento y ya estaba allí, tomando de esa agua cristalina que tanto le alegraba.
Su imagen reflejada como en un espejo, fue un regalo del agua que reía junto con ella de tan bella y sutil condición.
Ser mariposa era para ese corazón todo cuanto se puede pedir a la Madre Naturaleza.
Su alimento lo tomaba ahora del dulce néctar de las flores y de su colorido polen.
Si antes disfrutaba de las hojas tiernas, ¿Cómo sería ahora volar inquieta de una flor a otra, tomando de lo mas dulce y puro de ellas para ser mensajera de amor entre ese mar de colores que eran las flores?
Nunca imaginó la oruga que detrás de su felicidad habitual podría existir tal estado de plenitud.
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